El dilema con el tiempo es más valido y más intenso. Seguro que mi primera reflexión con la problemática está a los quince con uno de mis profesores híper moralistas, que nos advertía que si decidíamos casarnos con una “loca”, o en su defecto si salía embarazada, no dudemos que en el futuro, a nuestros hijos les iban titular de “hijos de la vida simplificada” (en realidad el consejo original tiene más agresividad), así lo mejor resultaría en que nos alejemos de esas alternativas, y buscáramos a una niña de férreos principios morales, de preferencia con aspiraciones “noviciales”, en habida cuenta de nuestros objetivos futuros.
Interesante la propuesta, pero por respeto y admiración a las conocidas liberales, por su carácter intrépido, vasta experiencia y valiente personalidad al enfrentar las críticas, no le hice mucho caso. Más bien mis decisiones fueron orientadas por un afán contradictor de toda esa retórica ultraconservadora.
Sin embargo, con el tiempo, el espíritu rebelde en algo se erosiona y no solo con la elección del romance (aunque sea el de fin semana). A los casi diez años del consejo, comienzo a vislumbrar una lógica interesante, en la esencia de la toma de mis decisiones y su temporalidad.
En realidad, ahora puedo afirmar que la perspectiva del largo plazo debe estar presente en las decisiones por las que se opta. Tarde o temprano todo repercute, y como lo más probable es que mañana seguiremos vivos, los actos que realizamos hoy son importantes y deberían ser congruentes con los objetivos planteados, con el proyecto de vida (claro primero hay que tener objetivos y proyecto de vida).
Pero, ¿qué nos motiva en nuestras decisiones?, ¿qué elementos están presentes en su temporalidad? Desde mi joven experiencia y a partir de un examen de la cotidianidad, podría afirma que las decisiones enfocadas en el corto plazo, es decir enfocadas en lo situacional, tienen un poderoso vínculo con los elementos emocionales e instintivos, mientras una perspectiva que se ubica en largo plazo se encuentra en un ámbito racional. Es decir, cuando opto por ir de juerga el lunes por la noche, sin considerar que mañana tengo mi rutinario trabajo, solo contemplo a mi satisfacción más elemental, a mis emociones a mi instinto, por lo que corro el riesgo de perder mi trabajo y no festejar nuevamente, por lo menos hasta conseguir otra ocupación. Por el contrario, si empleo una analítica solo en el ámbito racional, la de largo plazo, podría ubicarme en un comportamiento excesivamente frívolo y ambicioso que me obligaría a perderme de algunas de las bondades que ofrece el momento.
Por lo tanto, la situación ideal implicaría un equilibrio entre emociones, instinto y razón, entre corto y largo plazo. A los quince por ejemplo, predomina lo emocional e instintivo, no importa el mañana el ahora es mucho más importante, se trata de un etapa de exploración que se justifica. No obstante, si en una vida adulta las decisiones continúan siendo puramente emocionales, podrían llevarnos a nuestra propia destrucción y a poner en riesgo nuestras perspectivas de largo plazo incluso lastimando a los demás, de forma similar si son solo racionales, por lo que la búsqueda de un estado intermedio es un síntoma de madurez y responsabilidad.